Edición N°21

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Editorial: Algo en que valga la pena creer

 El arte es. Dios, no sabemos.

Cuando la velocidad de este tiempo que se nos acelera en una vida que intentamos más o menos de vivir tranquilos —de a medio paso, como quisiéramos que fuera quizá—, cómo no dejar de meditar acerca de lo que nos viene a golpear así, medio a medio, en un ritmo que no queremos sea fagocitado por esta rapidez del tráfago contemporáneo, pero que igualmente termina anonadándonos en estos nuestros tiempos, precisamente por lo inaudito del hecho: cuando un bebé de apenas tres días es asesinado, sacrificado en  una hoguera por un pequeño grupo por las órdenes de su líder espiritual, y progenitor del recién nacido. Se habla, entonces, en los medios profusamente de “secta”.

Este concepto, el de secta, se afirma, luego, para peyorar a ciertos grupos religiosos menores, que algunas veces, efectivamente, actúan trasgrediendo los más elementales derechos humanos, importándoles menos el tono de sus formas. Forma y tono que sí les es muy caro cuidar a las religiones mayoritarias y oficiales… sin embargo, ¿qué sucede con el fondo de todo esto, entre quienes siguiendo un dogma, puedan ser mayorías o minorías?

Nos surge, entonces, la pregunta con respecto a la definición oficial de secta: ¿No caben en este ámbito peyorativo —en aquello de que el integrante de la secta se ve nublado y, en definitiva, abolido de su buen juicio— todas las religiones (por más mayoritarias o poco numerosas, más antiguas o recientes, que sean todas estas), si se va, al fondo de la problemática del dogma?


¿No es acaso de locos, que se ponga por encima de la razón el dogma —religioso o político, como sea, da igual—, cuando nuestras políticas públicas de salud han sufrido un retroceso espantoso durante la dictadura pasada y tras los sucesivos gobiernos “democráticos” hasta la fecha? ¿Qué de atrocidades suceden en nuestro país con el aborto, no en un caso, sino en muchos, día a día, al no estar este legislado por lo que aconseja la razón sino por el dogma, por ejemplo? Recordemos solamente el caso de la menor abusada y violada de 11 años, obligada por la legalidad vigente a llevar adelante un riesgoso embarazo ¿Qué ha sucedido con la credibilidad de la iglesia católica, por los innumerables abusos sexuales a menores cometidos por “dignatarios“ de su propia jerarquía y a su mismo amparo; en la connivencia de sus planas mayores y hasta del mismo papado, para intentar mantener ocultas todas las atrocidades en torno a este tema y “salvar” así la imagen de esta institución? Lean el caso Karadima y los alegatos en el juicio de James Hamilton. Valga esto solo como un segundo ejemplo solamente… sin duda hay demasiados más…

¿No existe aquí, en estas conciencias que se fanatizan en torno a acartonados dogmas religiosos, carencias de una formación laica más integral? ¿Y qué sucede entonces con la problemática mayor de nuestro deficiente sistema educativo, girando demasiado en torno a dichos dogmas políticos y religiosos ya caducos, sin consultar a lo que aconsejan hoy por hoy las grandes demandas sociales, justamente en pos de una sana razón social realmente más mayoritaria, para que la justicia sea felicidad de todos y no del exclusivo enclave del poder?

Razón tenía Saramago, el premio Nobel portugués, al afirmar que este mundo sería mucho mejor si abdicara conscientemente de sus dogmas religiosos que lo tiene entrampado hasta hoy en una falta de memoria histórica; entrampado, no solo por las consecuencias de las tantas grandes guerras —muchas incluso fratricidas, que continúan reeditándose tan neciamente hasta hoy mismo—, pero que se expresa mucho más masivamente en aquello más intricado del día a día de la gran mayoría de los seres humanos —más bien en la normalidad, en la ausencia del trauma más extremo de las guerras—, en el temor de cada cual, de tener que asumir su verdadera libertad, la de la propia conciencia, y que se construye sin duda mucho mejor al amparo de la superestructura de una sociedad que tienda de verdad  a ser realmente igualitaria en cuanto a justicia social.

Porque, ¿qué se puede pensar de aquellos que cometen tales atrocidades como la de lanzar a un bebé a las llamas, o de parte de aquellos que alzan la idea de un dios que le pide a su fiel que asesine a su propio hijo en prueba de su fe; o qué se puede pensar de aquellos que se empeñan en mantener leyes —de parte de políticos corruptos e incompetentes, porque aquí la homologación no resulta desusada ni  desmedida, ni mucho menos; antes, la responsabilidad criminal es mucho mayor de parte de aquellos que dicen hallarse lúcidos en vez de locos— segregadoras de iniquidades sociales que devienen en más abortos o en más crímenes de cualquier tipo, cuando hipócritamente dicen buscar, precisamente, el efecto contrario? ¿Qué se puede pensar, en definitiva, de aquellos, sino que sus mentes están siendo víctimas de mala salud; de mentes enfermas a la postre, pero de una enfermedad que quizá no sea precisamente la locura, sino más bien la vanidad; enfermos de extrema vanidad; por vicios del poder o de tratar de hacerse de ese poder; y el dinero en grandes cantidades de por medio, como fin en sí mismo, como gran paradigma de todo esto?

Pero es finalmente aquí, es en este ámbito, cuando de asumir la propia libertad responsablemente se trata, que a la expresión del arte en la manifestación de todas sus posibilidades le cabe una tarea mayor, cual es la de la auto-construcción más plena de la persona, en su educación, en cómo idealmente se interactúa con el otro, el llegar a un ser social más sano, sanador a su vez de aquellos estadios de la sociedad más comprometidos o perjudicados.

Y cuando precisamente, a propósito del arte, hay un compromiso ético… cuando ética y estética se hallan indisolublemente ligadas, entonces esta responsabilidad se torna un compromiso social… y se hace de verdad insoslayable para cada uno de nosotros —aquellos que hemos tenido la posibilidad de recibir una educación más integral con el arte—, está el  compromiso de tener que hacer algo potente en lo creador, lo contrario de matar la vida; algo en que de verdad vale la pena creer… pero trabajar en ello. Fuertemente. En el transcurso de cada obra creada, en cada manifestación artística, con las particularidades que a cada una de ella les comprometa, y entrecruzándolas en todo lo posible. En todos, aún en los que no devengan en ser artistas. En todos potenciará positivamente  una visión más crítica del mundo que nos rodea, una opinión propia con la cual aportar. Así al menos lo pensamos y mantenemos —por no decir creemos—, en el Centro de Investigaciones Poéticas Grupo Casa Azul.

 
Patricio Bruna P.





Centro de Investigaciones Poéticas Grupo Casa Azul
Revista Digital Botella del Náufrago del Grupo Casa azul

2 comentarios:

Karina García Albadiz dijo...

Puedes pedir al revista digital al correo: botelladelnaufragoazul@gmail.com
Grupo Casa Azul

Antonio J. Quesada dijo...

Acabo de conocerles y espero seguirles con interés. Curiosamente, durante este año debo desplazarme a Chile por motivos profesionales, es un placer que ya estoy deseando llevar a cabo,
un cordial saludo desde España,

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