La enervante levedad del escritor en Chile: la colusión también está en la cultura



Todo artista que se atreva a levantar la voz, protestando por las desigualdades generadas en este sistema, será inmediatamente invisibilizado y aislado por los beneficiarios de este modelo de corrupción, colusión y amiguismos dictaminado desde los centros de poder mundial y legitimado por la clase política local. En este contexto, el arte como motor reflexivo, con la creatividad y el abanico teórico propio de su disciplina, es mutilado en su espesor crítico para venderse a las exigencias de la industria cultural capitalista, cuya finalidad es vaciar al sujeto de su contenido y transformarlo en un ser superficial, apolítico y carente de contexto. Este nuevo sujeto abúlico y despojado de toda identidad abraza fácilmente las ideologías provenientes de los centros de poder hegemónicos europeo-estadounidenses, las cuales, cosificadas en dogmas, sostienen el acriticismo como terreno fértil de la razón instrumental; operacionalidad que bajo un manto racional esconde finalidades profundamente irracionales. Es así como tal sujeto, lleno de ideologías que no le pertenecen, resulta presa fácil de los reduccionismos dictados desde el norte. Es por eso que la única economía posible para este sujeto es la abierta de mercado de tradición neoliberal-monetarista y la única forma de razón posible está dictada por la ciencia moderna de corte neopositivista. Mediante los dogmas reduccionistas (economicismo y cientificismo), los cuales bajo la bandera de la eficiencia dan absoluta prioridad a las necesidades del mercado y la acumulación, terminan por desplazar de la agenda social temáticas consideradas “menores”: el arte, la cultura y la educación quedan absolutamente relegadas al olvido y/o supeditadas a los intereses del mercado.
Las consecuencias del modelo repercutirán de manera singular en la esfera artístico-cultural y en lo que a literatura respecta, apostarán por la banalización de la contingencia, transformando la narrativa en un producto cultural con finalidad predominantemente comercial, tendiente a reproducir tópicos reiterativos, típicos en la entretención de masas: desde superficiales vampiros romanticones, pasando por historias de zombies (el ideal del modelo: la sociedad convertida en zombies), superhéroes pro statu quo, refritos varios de Lovecraft, ciencia ficción de calidad cuestionable (mientras menos se relacionen con nuestra realidad y contingencia las construcciones distópicas, tanto mejor. Escritores como Bradbury, Orwell o Huxley serían absolutamente impensados, bajo los parámetros de producción cultural del mercado actual), fantasía nórdica (consecuencia de la pérdida de identidad propia del neoliberalismo y el reimplantado eurocentrismo), hasta los manuales de autoayuda variados que apelan a la angustia por aquel vaciamiento, pero que proponen a su vez soluciones muy acordes a la concepción liberal del mundo, esquivando siempre la importancia de lo colectivo o social e insuflando el ego que pretende dominar o controlar (si usted hace el ejercicio de meditar, hacer yoga, etc., logrará la iluminación, el moksha, el nirvana, o lo que fuere que usted busque. Se alejará de este mundo del mal y se sentará solo a la derecha del dios padre mirando hacia abajo a los pobres diablos que no se esforzaron lo suficiente en buscar “el bien”. En cualquier caso la responsabilidad de ganar o perder en el juego espiritual es siempre y únicamente suya).
Estos escritores provienen de áreas como el marketing o periodismo y su experiencia lectora se construye desde los clichés mencionados. Creen que la importancia de la literatura radica en el mero hecho de contar una historia solo por el placer de la narración, reduciendo con esto el ejercicio escritural al relato de anécdotas sin profundidad alguna más allá de su literalidad. No se explican las situaciones injustas del modelo cultural chileno; no son capaces de percibirlas o en caso de hacerlo, no atribuyen estas causas a las consecuencias del modelo, el cual se ha naturalizado e internalizado profundamente en ellos. Atrapados por los engranajes de la máquina neoliberal, adolecen de toda formación artístico-cultural; el negociado está por sobre la calidad y en bien de la eficiencia del mercado, mejor será cultivarse en números o cuentas que en las dificultosas y poco rentables letras.
Otra variante arquetípica que nace al alero de este mercado cultural, es la del escritor que perpetúa una imagen maldita del poeta. Por el mero hecho de vivir o visitar ciudades símbolos de la vida cultural, se llaman a sí mismos poetas, sin haber siquiera reflexionado en torno a problemáticas básicas de lo que respecta al arte (y mucho menos hay cabida para las reflexiones profundas del contexto cultural chileno). Reducen su producción artística a una obra que intenta ser irreverente y crítica, más decanta en un complaciente instrumento funcional al modelo. Se imita de manera burda a autores como Bukowski, produciendo una poética lumpen ingenua, sin mayor elaboración creativa. Un rasgo característico de esta clase de escritores consiste en erigir falsos gigantes como enemigos a los cuales deben enfrentar, para posteriormente estrellarse contra los molinos de las grandes causas comunes, aquellas en las que existe gran consenso social y frente a las cuales no existe ningún riesgo real. Estos quijotes de pacotilla intentan esconder su miedo a emprender ataque contra un enemigo real, el cual puede resultar riesgoso atacar, pues perderían cuotas efectivas de poder. Debido a esto, deciden obviar situaciones poco éticas que operan en el medio donde se desenvuelven. Frente al riesgo de perderlo todo por cuestionar el entramado corrupto que tejen quienes detentan el poder en el ámbito cultural, lo mejor es hacerse el loco…
Por las razones ya expuestas, nuestro escritor se traicionará apenas logre asociarse a la institución cultural dependiente del gobierno (el gran y real gigante); su obra decaerá con lo emotivo, tradicional y naif. Si se interioriza de las políticas artísticas y culturales propias del estado subsidiario neoliberal chileno, lejos de enfurecerse por conocer cómo operan las mecánicas utilitaristas de los fondos o cuestionar las ambigüedades del medio, verá en ellas la gran oportunidad de establecer su negocio, reproduciendo un producto cultural “de consumo”, funcional a las lógicas distractoras del capitalismo; pan y circo como temática central, evadiendo por todos los medios posibles la cruda realidad: un modelo económico en extremo indolente, brutalmente desigual, que multiplica la precarización y pauperización de vastos sectores sociales, mientras acumula cada vez más ganancia en una decadente elite. Que muchos escritores y editoriales chilenas se presten para reproducir conscientemente esta miseria es, por decir lo menos, angustiante.
Solo queda, para quienes rechazamos esta brutal concepción impuesta de sociedad, generar un polo de resistencia crítico frente a tan resuelta indiferencia. Devolver el contenido al sujeto, restaurando a su vez la dignidad e identidad, descolonizar su conciencia reintegrando el espíritu crítico y reflexivo frente a su medio. Qué mejores armas para lograr esto que nuestra obra, por una parte, más nuestro accionar movilizador por otro. Sabemos que el proceso emancipatorio será largo y no estará exento de obstáculos, pero bien vale la pena intentar librarnos de esta nefasta dictadura neoliberal encubierta, la cual utilizando el aparataje propagandístico de las elites, los medios masivos de comunicación, e instalando como bandera de lucha conceptos ya carentes de contenido, como “libertad y democracia”, intentan ejercer la última y más importante de las dominaciones: la de la mente humana. La pesadilla que visualizara Huxley está a punto de cristalizarse bajo esta doctrina socioeconómica utilitarista, maniquea y totalizante. Nosotros no queremos ser responsables de la decadencia que intenta aprisionarnos; rechazamos crear productos culturales que resulten en un sedante, el soma que los mantenga adormecidos en “un mundo feliz”. Queremos una sociedad plenamente lúcida, libre y emancipada.
Diego Alejandro Rojas Valderrama y Rolando Jaime
Grupo Casa Azul

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TODA UNA AFRENTA



La falsa asepsia, prolija, pura y totalmente descontextualizada, presente en la obra y producción de los que dicen llamarse escritores, editores y gente del quehacer cultural pro-sistémico, es abiertamente inaceptable, condenable y repudiable. El llamado "a la buena onda", homologable a "la política de los consensos" de la gran clase traidora política en Chile, la Nueva Mayoría de partidos por la democracia (ex Concertación de partidos por la democracia), ha degenerado en la precarización y pauperización no solo económica de los más desposeídos en el país, sino que también este nefasto régimen de acumulación ha engendrado la precariedad intelectual, la pauperización de la función crítica y un profundo vacío ético y moral en la esfera cultural chilena, donde no es difícil en absoluto encontrar por doquier contradicciones en el discurso de intelectuales y artistas, quienes dicen adherir al naciente clima de malestar e indignación social debido al destape de los innumerables casos de corrupción y colusión acaecidos en el país, pero que con su actuar perpetúan las mismas políticas reprochables por las cuales la sociedad pide explicaciones el día de hoy. La disociación entre pensamiento y acción, sumado a una tremenda incapacidad de reflexión y autocrítica, decanta en la más abierta de las hipocresías, modus operandis instaurado desde el amiguismo concertacionista en la “industria cultural” chilena.
Esta asepsia, consecuencia del proyecto de modernidad neoliberal impuesto en Chile, se manifiesta en una invitación a callar toda disidencia que cuestione el modelo impuesto, logrando permear hasta la misma producción artística dentro del campo cultural. Por eso, la producción literaria chilena presenta hoy por hoy características muy similares; una obra de arte manifiestamente abúlica, ajena al tiempo y lugar presente (se huye hacia mundos mágicos, dragones, magos), edulcorada de un romanticismo decimonónico y anémico (la llamada tarjeta postal), o en último caso, se intenta pintar la decadencia en base a una contingencia superficial, tipo "Walking Dead", tomando así mismo la posición de "rebelde adaptativo", donde las cosas están mal porque sí, y donde cambiar ese escenario resulta inconcebible. Toda esta producción evade siempre lo más importante, el sustrato de la obra, la reflexión desde donde se erige la teoría y se plasma el elemento creativo que pueda haber en ella.
El modelo económico de libre mercado desplaza la responsabilidad absoluta hacia el consumidor, es éste quien tiene la última palabra, quien otorga en última instancia valor al producto cultural, y decide los destinos de quienes triunfan y de quienes son derrotados en este “juego” de mercado. Frente a las políticas de mercado, el actuar de nuestros artistas es directamente operacional. No cuestionan la injerencia del mercado (este ente reificado por nuestros economistas hasta el punto de la deificación), simplemente aceptan los lineamientos impuestos (de los contrario, saben que serían castigados por aquella herejía, siendo desterrados del paraíso de consumo neoliberal), por ello, sin ninguna clase de pudor, deciden mutilar su obra, reduciendo lo poco y nada de artístico que tuviese, transformándola en un producto de consumo masivo con exclusiva finalidad mercantil; con las tres b, de bueno, bonito y barato. Quizás deberíamos volver a la concepción clásica de la economía, que centraba el valor de la mercancía en el trabajo, siendo el trabajador con su esfuerzo el que daba valor al producto, siempre dentro de los límites de un medio social dado, nunca en este esquema “atemporal” y “a-locado”, llamado mercado.
También existe la opción de lo público, frente a los abusos del mercado siempre está el Estado que debe funcionar como contención y árbitro, asegurando el bienestar y un piso mínimo de dignidad para todos. De seguro existe una planificación desde el Estado para asegurar la calidad de la producción cultural en Chile, ¿verdad?...
Sin embargo, no existe relación más clientelista y utilitaria que la relación existente entre el mundo cultural y artístico chileno y el actual Consejo de la Cultura y las Artes de Chile (CNCA). Este invento nacido durante el gobierno de Lagos, no solo ha sido la herramienta más importante para mantener silenciada la disidencia política de los pensadores y artistas del país, sino que ha contribuido también a crear esta especie de clase oligárquica en el ámbito cultural, quienes se pasean continuamente por los pasillos del CNCA en Valparaíso, mamando de la teta del consejo de la forma más grotesca e inconsecuente, transformándose en los intelectuales tradicionales que construyen, muchas veces de forma inconsciente, la hegemonía para el arribo del progresismo neoliberal. Sistemas de fondos concursables como el FONDART, son perfectos para controlar y dirigir la producción cultural, lo que es permitido decir o no decir en materia artística. Si existiese un productor artístico cuya obra interpela o pone en entredicho los intereses de consolidación hegemónica del proyecto moderno neoliberal, simplemente pierde la financiamiento para llevar a cabo sus proyectos, sucumbiendo en el abismo del silencio y del olvido. Con excusa de que “los fondos nunca alcanzan para todos” o que “lo que llamamos calidad en el arte es muy relativo”, con respecto a los procesos de selección, se legitima un accionar muy acorde con las políticas neoliberales de focalización en la distribución de los recursos. Nunca se podrá responder a la totalidad de requerimientos y financiamiento que merece la cultura en Chile, ya que bajo la óptica neoliberal esa es una repartición de recursos “ineficiente”, con lo cual aparece la lógica de los quintiles-deciles y demases, con la cual se excluye selectivamente (como el caso del FONDART) a quienes legítimamente poseen un corpus de obra de calidad artística, con propuestas propositivas que buscan el cuestionamiento de todas las certidumbres (incluyendo las del mercado), y a quienes, de forma totalmente injusta y arbitraria, se los ha dejado morir en la periferia.
Después de esta oscura mirada a los mecanismos de funcionamiento en la industria cultural chilena, solo queda esperar (y no solo esperar, sino que también propiciar) la explosión de la rabia social dirigida esta vez hacia el ámbito cultural y artístico. Esperemos que este fuego purificador, el de la indignación contenida durante tantos años, fruto de la brutal y sangrienta dictadura, hasta la indolente e injusta intromisión del mercado en todos los ámbitos de nuestra vida (y amparada por la clase política actual), con la consecuente pérdida de nuestros derechos y dignidad, resulte en el comienzo de un proceso transformador profundo, en pos de la transformación de nuestras instituciones, tanto artísticas y culturales, como sociales y económicas. Frente a esta realidad actual de impugnación al poder, resultan legítimas las demandas del Grupo Casa Azul: el intentar levantar la calidad, tanto estética en la producción como ética en el productor cultural, lo cual resulta toda una afrenta para quienes son producto del condicionamiento del modelo de mercado actual, modelo que podemos definir como “una ideología estéril y una guerra contra los pobres”.

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